Padres y madres decorativos

Peter Pan, Pokemon, y los padres de hoy en día // Autor Luis Buero
En épocas de mi bisabuela, los hijos eran de la mujer, que debía parirlos y criarlos, mientras su marido trabajaba todo el día, y luego él se iba al bar de la esquina a jugar al billar o al truco con sus amigos, y cuando volvía a casa sus críos los trataban de usted.

En los 80 ya era común ver a muchos papás en reuniones de colegio, o cargando a sus hijos en colectivos o llevándolos en el cochecito de un lado para otro.

En los años 60 y 70, los pediatras y obstetras comenzaron a enseñarle al varón que cuando su esposa quedaba encinta ambos estaban embarazados, y que él era co-protagonista en todo este proceso, y después del nacimiento también, y de por vida.

Los cambios sociales y culturales dieron origen a una nueva clase de padres comprometidos, para los cuales la función paterna dejó de ser sólo la del proveedor del dinero y de la Ley, como dicen los libros.

Y así aparecieron los cultores de la paternidad responsable.

Fueron aquellos hombres que tuvieron que hacer de tripas corazón y participar del parto ayudando a la futura mamá, y se animaron a cortar el cordón umbilical y a dar el primer bañito a sus bebés.

Aprendieron a cambiar pañales, a preparar biberones y papillas y a consolar al lactante de noche, si se le ocurría llorar cada tres horas.


Se animaron a susurrar el “arrorró mi nene”, o despertarlos con aquella otra canción que decía que el gallo Pinto se durmió y esta mañana no cantó.

En síntesis, se dieron cuenta que ese “trabajo” que le asignaban era un placer que se habían perdido de disfrutar durante generaciones, y que el concepto de masculinidad había dado una vuelta de página irreversible.

En los 80 ya era común ver a muchos papás en reuniones de colegio, o cargando a sus hijos en colectivos o llevándolos en el cochecito de un lado para otro.

Y cocinaban y les leían cuentos de las buenas noches, mientras su mujer estudiaba en la facultad.

Se formó así una nueva raza de machos enamorados de sus hijos, que habían re-significado la palabra familia, y revalorizado el vínculo paterno-filial, cicatrizando tal vez con ello, sus propias heridas de la infancia.

Muchos integrantes de esa nueva clase de padres debieron luego soportar el duelo terrible de la separación de sus hijos en el momento del divorcio.

Ningún film relata mejor que Mrs. Doubtfire (Papá Por Siempre) el drama y el sentir de un hombre al tener que interrumpir la convivencia con sus hijos, por separarse de su mujer.

Y llegamos al 2006, época en la que, creo, el gran drama lo sufren los locos bajitos, que son como Pokemon, un ídolo de animación, para algunos papis y mamis que padecen el Síndrome de Peter Pan.

Sí. Muchos jóvenes tienen descendencia porque hacen el amor sin cuidarse, y después no saben qué hacer con el paquete.

Allí entran en acción abuelas, tías, maestras y vecinas generosas, que crían a esos niños porque sus padres y madres virtuales están ocupándose full-time de su autorrealización constante, con los ojos clavados en el ombligo, luchando desaforadamente para que la Nada que los espera parezca injusta.

La Familia en LA REVISTA
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