El primer amor de infancia

¿Qué pasa cuando tu hija menor elige a un chico como su mejor amigo y suspira por él si no pueden estar juntos? ¿O si tu hijo más chico profesa su amor por la vecinita de al lado? Analizamos a fondo el amor infantil.

Es algo raro cuando de vez en cuando vemos a niños de sexos opuestos que se entienden de inmediato y no pueden pasar tiempo separados. No hay peleas porque están cansados, o por los juguetes, simplemente un tierno cariño que dura por años.



Lo que lo hace extraordinario es que esos chicos eligen a un amigo del sexo opuesto, y no ven las barreras ni los condicionamientos que eventualmente la sociedad nos impone. Esto es mucho antes de la etapa “varonera” cuando las nenas de forma consciente prefieren trepar árboles en vez de jugar con muñecas.



Mientas los científicos, sociólogos y antropólogos debaten la naturaleza y duración del amor, estos pequeños, con su inmediato reconocimiento y aceptación del otro, son más listos que los estudios académicos.


Estudios sobre el amor

A pesar de nuestros preconceptos adultos, resulta que no existe una superposición entre el romance, la amistad y el deseo en nuestro cerebro.



En el 2000, se realizó una investigación usando una resonancia magnética para escanear los cerebros de estudiantes, que declaraban estar “locamente” enamorados. Cuando se les mostraba a estos estudiantes fotografías de sus parejas y amigos, diferentes partes del cerebro se encendían. Los investigadores descubrieron que las áreas del cerebro de “amor romántico” eran pequeñas en comparación con aquellas activadas por la amistad.



A pesar de que las áreas románticas y de deseo están ubicadas una al lado de la otra, los investigadores descubrieron que están claramente separadas, con un funcionamiento independiente. La segunda sorpresa fue que las áreas de romance eran similares a aquellas vinculadas con las adicciones. Por lo tanto, el amor sí es adictivo.



Existen pruebas también que muestran que el amor maternal y el romántico son muy similares a nivel neurológico. Se les pidió a 22 madres que vieran fotos de sus bebés y se escaneó su cerebro con una resonancia magnética. El estudio halló una gran superposición entre las áreas románticas del cerebro y aquellas que se activan cuando las madres miran a sus hijos.



Las áreas de amor maternal son similares a aquellas activadas cuando alguien disfruta de actividades eufóricas y gratificantes. Además, estas áreas del cerebro coinciden con las regiones en que las hormonas de “vinculación”, la oxitocina y la vasopresina están activas.



Pero las áreas del cerebro que se desactivan por el amor romántico y materno son igual de fascinantes. Las partes del cerebro vinculadas con el juicio social, la agresión y el miedo parecen apagarse cuando estamos “enamorados” de una pareja o de nuestro bebé.



Pero lo que estos estudios no explican es por qué nos sentimos atraídas hacia ciertas personas, y no hacia otras. ¿Qué es lo que hace que las personas e incluso los bebés, creen un vínculo sólido y profundo con otras personas?



“Parece que estos niños tienen un apego estable y seguro a largo plazo, y mantienen esta amistad por años”



La visión de la antropología



Existen tres formas de amor: el deseo sexual, el amor romántico y el apego a largo plazo. Cada una de las tres tiene su propia bioquímica, sistema emocional y red cerebral, permitiendo el apareamiento, la formación de parejas y la maternidad/paternidad.

La fase romántica, aunque es necesaria para que se forme una pareja, no dura porque es demasiado inestable para la crianza de un niño. Para eso se precisa un apego estable y duradero. Y ese apego estable y duradero es lo que aparentemente tienen estos bebés, que mantienen su amistad por años.



En definitiva, ¿no es lógico pensar que la misma química se aplica para cuando tenemos 2 ó 25 años? ¿No hemos experimentado todos la formación de una amistad instantánea con alguien que recién conocimos? Siempre existe la sensación de que la otra persona “nos entiende”, y sabe cómo somos por dentro. Tal vez eso es lo que los cerebros de estos niños registran cuando se conocen, sin los obstáculos e ideas de que las nenas y los nenes no deben juntarse demasiado.



Se necesita más trabajo para comprender mejor la participación del cerebro en el amor y la conexión. Pero en lugar de investigar a estudiantes, madres o ratones, tal vez los científicos deban monitorear a las generaciones más jóvenes de humanos, que ciertamente parecen tener los mejores instintos para atraer vínculos duraderos.

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